miércoles, 24 de septiembre de 2008

El niño piedra V (versión 3.2)

13 de julio, un día después de que Ernestina encontrara la mísera nota de despedida de Ani:

Los retortijones de Nil, el niño piedra, eran los peores que había padecido nunca. Estaba de muy mal humor, un humor de lava. Estaba todo pintarrajeado. De arriba abajo. Ni un solo milímetro de su superficie gris y porosa había quedado sin tapar por la asquerosa capa de pintura que ahora le recubría. Con todos esos colores por encima, Nil, el niño-piedra-ya-no-tan-niño, se sentía ridículo, como un payaso, una dragqueen de arroyo, forzado, casi violado. “¡¡¡Qué ultraje!!!”, se quejaba un enfurecido y espasmódico Nil. “¡¡Maldita zorra!!”, proseguía ya con menos finura el niño piedra.

Nil se vino abajo. Su rocosa dureza no le sirvió de nada y el niño-piedra-ya-no-tan-niño volvió a ser –por unos momentos- un niño otra vez. Sus palabrotas, reniegos, maldiciones, rudos lamentos e improperios dejaron paso a un mar de lágrimas, pucheros y sollozos típicos del más quejica y blando de los niños (piedra o humano). Había sido un largo y duro viaje para un niño piedra tan joven. Y ahora, los traspiés y tanta pose de impasible le pasaban factura.

Nil se sorbía los mocos con gran ímpetu mientras pensaba que la pintura no era el peor de sus males. El niño piedra, que empezaba a estar escarmentado de su espíritu aventurero y comenzaba a dudar del karma y de la buena fortuna que creía tan segura, viajaba a toda velocidad sobre el cenicero de un coche. Ahí lo había dejado ese tipo de mirada perdida que producía escalofríos al ¿pobre? Nil.

13 de julio en la carretera, a 300 Km al norte de un esperpéntico reencuentro:

Felipe, el antiguo marido de la vieja, voluminosa y acartonada mujer, conducía su vehículo a toda prisa. Tenía que llegar lo antes posible a su cita con su contacto. Mientras pisaba el acelerador, se miraba el chichón de la frente en el retrovisor y, de reojo, lanzaba miradas de incredulidad a la piedra que llevaba en el cenicero. La quinta simfonía de Mahler sonaba en el reproductor de música del coche.

Felipe había abandonado a su mujer 27 años atrás. Y después de haberla visto el día anterior, no se arrepentía.

El día antes, Felipe se había presentado en la pensión por sorpresa. No era por nada personal. De hecho, esperaba que la pensión estaría en manos de cualquier otro. Felipe pensaba que a estas alturas la amargura y dos paquetes diarios de Ducados ya habrían matado a Ernestina, que de joven había sido preciosa, muy ligera y camarera en un “club”.

Pero sus expectativas no coincidían en nada con la realidad.

12 de julio al anochecer, a las puertas de la pensión de Ernestina:

Felipe llegó a la pensión muy tarde por la tarde, casi de noche. Entró y, sin levantar la vista de la agenda en la que estaba anotando sus últimos pasos, preguntó por Germán.
“Se ha hospedado aquí recientemente”,añadió a la pregunta que había lanzado al mostrador mientras seguía con la mirada puesta en sus apuntes.

No recibió respuesta alguna. Lo único que recibió fue una pedrada en la cabeza y los insultos más gruesos que jamás había oído. Eran los insultos de 27 años de furia contenida. Sin mediar palabra alguna, Felipe –que se conservaba bastante bien para su edad- cogió la piedra que su ex mujer le había tirado a la cabeza y salió de la pensión corriendo. Los asuntos con Germán podían esperar y ya habría otros en el pueblo que le ayudarían a encontrarlo.

12 de julio al anochecer (otro punto de vista):

La crujiente mujer seguía pintando parsimoniosamente las piedras de Ani con un Ducados colgándole de los labios. Era como una especie de exorcismo. La rubia se había ido, había despreciado sus cuidados de madre adoptiva y Ernestina quería borrar cualquier rastro de Ani para siempre. En parte entendía a la chica, sus motivos, pero la amargura de un nuevo abandono era más fuerte. Las piedras y ese chico tan guapo, tan joven, tan amable y tan simpático que había llegado por sorpresa justo antes que Ani se marchara estaban ejerciendo milagrosos efectos balsámicos con su mal humor y su frustración. Mejor dicho, con su corazón roto de nuevo.

Alguien entró por la puerta y una voz conocida pero envejecida la arrancó de su laborioso ensimismamiento. Levantó la mirada y no podía creer lo que veía. “¡¡Sólo me faltaba esto!!”, pensó Ernestina. La furia, convertida en una bestia peluda y de largos y afilados dientes, se apoderó de ella. La historia de Ani, su madre y el lanzamiento de piedra contra un mal marido recorrió como un relámpago la poca cordura que le quedaba a Ernestina.

En ese momento y, sin pensarlo, Ernestina lanzó la piedra que tenía en las manos contra “¡¡¡¡el maldito cabrón que la abandonó 27 años atrás sin ni una nota de despedida, sin una explicación y dejándola sola con un hijo pequeño!!!”. La mujer acompañó el lanzamiento de piedra con una retahíla de las maldiciones más gore que se habían oído en toda la historia de ese desierto.

13 de julio, en un coche plateado a 535 Km al este de las estupideces de Rod:

Con la radio del coche de fondo sintonizando una moderna canción de rock, Ani parloteaba animadamente con el chicho que la había recogido en la gasolinera, 150 quilómetros atrás. Mientras, se tocaba el pelo lacio, pajizo y claro a modo de coqueteo y, de vez en cuando, lanzaba horrorizadas miradas a la piedra de colores que descansaba sobre el cenicero del coche de Germán.

Germán conducía con prisa. Tan aprisa como para alejarse lo antes posible y, a la vez, no levantar sospechas. Acababa de pegarle un palo al tarugo de Rod, al imbécil de su jefe y a los cabrones de los hermanos Do Santos. Pero hasta que no estuviera fuera de su alcance no podía cantar victoria. Aún así, estaba pletórico. Por si eso fuera poco, el capullo de Rod –al que nunca había tragado- le había estado contando no se qué historias de una chica rubia, un poco taruga, pero que lo había dejado sin plan…

Blablabla... el mismo cuento de siempre, eso de que no valoras lo que tienes hasta que lo pierdes. El tema aburrió a Germán hasta el borde de la muerte por sopor. “¿Se puede morir de tedio?”, se había estado preguntando Germán la tarde anterior mientras asentía y representaba una burlesca escenificación de consuelo y camaradería fingida para con Rod.

Mientras conducía, Germán pensaba en cómo le alegraba que al tarugo de Rod le fueran tan mal las cosas e intentaba imaginar cómo podría joderlo aún más –además del palo que acababa de pegarle, claro.

Los pensamientos de Germán pasaron de Rod a Ernestina. Al guaperas le había gustado la ajada mujer que regentaba la pensión de mala muerte en la que había pasado las dos noches anteriores. Tenía aires de una pin-up a la que los años no habieran perdonado. Ernestina despertó cierta ternura en él y se deshizo en halagos y agasajos con ella. La mujer, a cambio, le ofreció la mejor habitación y un desayuno de lujo, como preparado por una madre, y le regaló una de esas piedras que estaba pintando de colores.

En un momento, las meditaciones de Germán cambiaron de dirección. Había recogido a una rubia autoestopista en la última gasolinera, 157 quilómetros atrás, y se la estaba comiendo con el rabillo del ojo. “No estaba nada mal…”, pensaba mientras se le hacía cada vez más evidente que la chica estaba coqueteando con él. Entonces, Ani le puso la mano en el muslo. Demasiado arriba para que no fuera evidente lo que le estaba intentando decir.

Germán tenía prisa, pero ¿cuánto tiempo podía robarle la rubia? Tomó el primer desvío que encontró, aparcó el coche lo más escondido que pudo sin demasiada dedicación y pasó al asiento de atrás con avidez, a la vez que la rubia se abalanzaba sobre él. “Me ha dicho Ani, ¿no?”, intentó recordar torpemente Germán en un pensamiento fugaz mientras se desabrochaba el pantalón.

13 de julio, en un coche plateado a 540 Km al este de la lúgubre habitación abandonada:


Ani tenía ganas de borrar cualquier rastro de Rod y pensó que un polvo era lo más indicado. Germán, el chico que la había recogido en la gasolinera 168 quilómetros atrás, era el mejor candidato que había encontrado en lo que llevaba de éxodo.

Durante un buen rato, la piedra pintada de colores que descansaba sobre el cenicero del coche estuvo horrorizando a Ani, que le lanzaba miradas rápidas mientras seguía emborrachando a Germán con su verborrea.

Nil no podía creer lo que estaba viendo. La mugrienta rubia de tetas pequeñas que le había abandonado con la apestosa vieja de la pensión y a la que esperaba no volver a ver nunca más estaba ante él.

La chica aprovechó la excitación despreocupada de Germán para robar la piedra de colores que descansaba sobre el cenicero y guardársela en la caña de la bota izquierda. Su cleptomanía era superior a su odio hacia las piedras. Con el niño piedra en su poder, Ani no se hizo esperar y se abalanzó sobre un Germán con los pantalones desabrochados.

13 de julio, a 540 Km al este de un polvoriento camino del que siempre quiso escapar:

Nil no podía creer lo que estaba pasando. Esa “¡¡maldita zorra!!” –como la llamó el niño piedra-- lo cogió y se lo metió dentro de la bota. Justo cuando le parecía que las cosas no podían ir peor, empeoraban. “Menos karma y más Murphy”, pensó Nil que notó como el berrinche, los espasmos, los pucheros y las lágrimas volvían a arrancar. Esta vez, con más fuerza y desesperación.

Continuará… (ya queda menos, ya falta poco)

Ponte al día con El niño piedra I, II , III y IV

viernes, 12 de septiembre de 2008

El niño piedra (IV)

Ernestina, con un Ducados colgándole de los labios, corrió las cortinas y subió la persiana para que entrara el aire, corriera la luz y se saneara el ambiente. Una persiana de esas antiguas, de madera que se enrosca, roída por el tiempo y la dejadez, oscurecida por la suciedad. Las cortinas, de una especie de terciopelo granate-ya-no-tan-granate-casi-marrón, no andaban mucho mejor, casi de cartón piedra de tanto humo de cigarrillos y sudor evaporado que habían ido cogiendo con los años; años y años sin ver la lavadora, ni siquiera de lejos.

“¡Menuda zorra!”, pensó con ternura Ernestina y meneó la cabeza -como quien quiere escampar el humo de un cigarro molesto- para que desaparecieran sus pensamientos sobre Ani. La muchacha se había marchado de un día para otro, sin avisar, ¡pluf! desvanecida. Una mañana Ernestina se encontró unas llaves sobre el mostrador que hacía las veces de recepción de su andrajosa pensión de pueblo. Unas llaves y una nota con un “gracias”escrito con prisas. Una nota sepultada bajo una piedra del tamaño de una mandarina, gris y porosa.

Ani se había llevado todas sus cosas, excepto su colección de piedras, una foto y un cenicero a rebosar de colillas. Ernestina apagó su Ducados. Ani había dejado las piedras en la estantería, sin moverlas, sin mirarlas y por la capa de polvo que las cubría, las había dejado tal y como habían estado siempre desde que, una a una, Rod las había ido trayendo.

Ani no era ninguna taruga, pensó Ernestina otra vez con ternura, tampoco una chica de esas que te lo ponen fácil cuando no tienes a nadie mejor. Su único error fue, adivinaba la arrugada y pesada casera, enamorarse de Rod nada más llegar al pueblo con su maleta de cuero marrón y su pelo lacio, pajizo y claro. Pero, visto lo visto, Ani se había cansado de ser la taruga de Rodrigo y había hecho lo mejor que podía hacer.


Las piedras abandonadas le robaron una sonrisa a Ernestina. “¡Y pensar que la pobre criatura las odiaba!”, exclamó y se acordó de la vez en la que Ani le contó que la única piedra que le gustaba era la que, en un día de furia, su madre le lanzó al alcoholizado de su padre y le saltó el ojo izquierdo, dejándolo tuerto para el resto de su vida y dándole el valor para coger a su hija de siete años y su maleta de cuero marrón, y abandonar una vida y un hombre (marido o padre, según) que lados odiaban.

Ani aborrecía todas la piedras, excepto una. A ni les tenía una tirria inexplicable a las piedras y un buen día, al amanecer, cuando Rod se marchaba a hurtadillas por primera vez de la habitación que Ani le había alquilado a Ernestina, a la mujer se le ocurrió decirle al chico: “Si quieres tener a Ani en el bolsillo, comiendo de su mano, regálale piedras, cualquier tipo de piedra de río, de camino, de acantilado, de playa…” y le guiñó el ojo con complicidad fingida. Y el muy tarugo –por lo que estaba viendo ahora la gruesa y ajada mujer- le había hecho caso.

A Ernestina no le funcionó la triquiñuela. Ernestina detestaba a Rod, sabía lo que hacía en el pueblo, sabía para quien trabajaba y sabía lo que hacía con las chicas. Ernestina quiso alejarlo de Ani, pero no lo consiguió. Ernestina se sintió como la madre postiza de Ani desde el primer momento en que la muchacha rubia apareció por la puerta de su mugrienta pensión y la tomó bajo la protección de su ala de gallina vieja. Aunque, visto lo visto, no la protegió todo lo bien que le hubiera gustado.

Por fin, las pinturas que Emma se dejó olvidadas la última vez que visitó a su iaia Ernestina, cinco años atrás, iban a ser útiles. “Limpiaré las piedras, las pintaré de colores y las venderé a mis huéspedes como pisapapeles”, pensó la acartonada mujer que ya veía en su imaginación la cestita de mimbre sobre el mostrador, al lado del teléfono, con el cartelito de cartón rezando “1 euro. Pisapapeles hechos a mano por la población indígena. No puede irse sin lo más típico de …”. Ernestina volvió a menear la cabeza para escampar la imagen, como quien intenta despejar el vapor de una olla hirviendo y siguió limpiando la habitación número 7. “La vida continua, no se va a parar porque uno u otro hayan decidido marcharse y volverme a dejar sola”, pensó Ernestina que se acordó de Felipe, su marido; de Pedro, su hijo, y de Ani, “esa maldita zorra que no ha sabido despedirse”.

Nil se estremeció en el bolsillo de la bata en el que aquella vieja lo había metido después de que la rubia llorona lo dejara sobre el mostrador con un papelito en el culo. “Maldita zorra”, masticó Nil entre dientes odiando a la rubia llorona de tetas pequeñas a la que le gustaba pasearse por la habitación con poca ropa. “Maldita zorra”, se encogió el niño-piedra-ya-no-tan-niño en el bolsillo, “¡esta vieja está podrida!”, refunfuñó mientras intentaba no respirar el peo que Ernestina soltó sin darse cuenta.

continuará…

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CITA: El más difícil no es el primer beso, sino el último. Paul Géraldy
BSO: Me voy, Julieta Venegas.

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